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NOTA ROJA: EL AGUACERO DEL SUSPENSO

23 de Septiembre de 2009
Chile v/s Venezuela

Nota Roja; El Aguacero del Suspenso

NOTA ROJA: EL AGUACERO DEL SUSPENSO
Si ya lo que se estaba a punto de conseguir era una gran hazaña, cada cosa que pasaba bajo el agua se transformaba en un acto heroico. Si ya el fuchibol que propone la roja es un juego de toque, de presión, de cálculo, de control, de tiempo y el espacio, cada movimiento que había que realizar bajo el agua, bajo las gotas divinas de la adversidad, implicaba un alto grado de dificultad. Brasileros y venezolanos, seres acostumbrados a moverse sobre mojado, a calcular la incertidumbre sobre cada unos de los charcos, amigos tropicales que agua que torna resbaloso hasta el más mínimo de los gestos.
El agua hizo de cada toque, un toque épico,  de cada balón robado una recuperación popular, de cada gol una teletransportación a otro continente, de cada error una bofetada de realidad.
En ambos partidos estuvimos abajo en el marcador. Perder con Venezuela era lo peor que podía pasar, y no pasó. Y menos mal. Podría haber sido la chilenada más grande del planeta. Perder con Brasil era más esperado, y casi no pasa. El empate de Suazo parecía que iba a darnos la alegría “mais grande do mundo”, y no pasó. Hay males que duran toda la vida. Pero estuvimos a nada, a milímetros, de eliminar todo tipo de orden y progreso posible. La bandera y sus eslóganes su hubieran retorcido en su absurdo como Elvis en su tumba. Pero bueno, la vida es tan injusta como el futbol brasileño.
Antes del partido, chilenos y no chilenos, mantenían intacta esa esperanza de derrotar a los dueños del triunfo y demostrara que la alegría no es sólo brasilera. Una esperanza no infundada. Infundada es la fe. Pero ganar en Salvador de Bahía no era un acto de fe, era un acto de fútbol. La fe depende de dios, y esta roja depende de sí misma. Y, la verdad, depender uno mismo, tachando la fe de las variables en juego es algo que hay que destacar y que ha hecho que, increíblemente, Chile haya conseguido uno de seis puntos y no esté todo el país y todos los noticieros haciendo mierda al equipo. Este equipo está malacostumbrando a la prensa y a los hinchas a no buscar siempre lo malo, a no ser agrandados y apocados, arribistas y abajistas, chaqueteros, exitistas y resultadistas. Hay algo más en al vida que esas conductas veletas, que cambian de dirección como las banderas con el viento. Esta roja tiene futbol y personalidad, y lo tiene en la victoria y en la derrota.
El poder andino quería vencer al poder africano, el metro setenta superando al metro noventa, hasta que… hasta que dos horas antes del partido toda la alegría verde amerela comenzara a caer del cielo en forma de aguacero. Las nubes no se veían en la oscura noche, mais tampoco las estrellas. La lluvia podía no parar, y no paró. Primero fue intermitente, nubes que, disimuladas en el negro techo de Bahía venían como espectadoras, y venían bien cargadas. Del cielo nacía el aguacero y de la tierra la zamba, y en el medio, en el verde campo de juego, se juntaban todas las fuerzas y hacían extramundano todo lo terrenal. Porque al fin y al cabo, todo lo que sucede, sucede en la cancha de futbol. Lo demás es sólo relleno.
Cuando comenzó  el aguacero, sin avisar, de un segundo a otro, inmediatamente nos imaginamos la pichanga se avecinaba, se nos venía el desastre. Nos imaginábamos a los brasileros haciendo maravillas bajo el agua. Un ejército de Romarios frente a un devenir floreado. Si in the rain. Calculando todo para que fuera más lindo aun de lo que sería seco. Barriéndose desde lejos, deslizándose como pez de agua salada. Y a los chilenos, sufriendo por controlar cada balón, chapoteando en cada metro movimiento, ahogándose en un baso de agua. Pero no fue así. Ninguna imaginación es triste cuando uno no es ratón, y la roja no lo es. Porque como dicen por ahí, más vale morir de pie que vivir arrodillado.
o
Por Sebastían Kohan.
°r
Si ya lo que se estaba a punto de conseguir era una gran hazaña, cada cosa que pasaba bajo el agua se transformaba en un acto heroico. Si ya el fuchibol que propone la roja es un juego de toque, de presión, de cálculo, de control, de tiempo y el espacio, cada movimiento que había que realizar bajo el agua, bajo las gotas divinas de la adversidad, implicaba un alto grado de dificultad. Brasileros y venezolanos, seres acostumbrados a moverse sobre mojado, a calcular la incertidumbre sobre cada unos de los charcos, amigos tropicales que agua que torna resbaloso hasta el más mínimo de los gestos.
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Ojos Rojos
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El agua hizo de cada toque, un toque épico,  de cada balón robado una recuperación popular, de cada gol una teletransportación a otro continente, de cada error una bofetada de realidad.
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En ambos partidos estuvimos abajo en el marcador. Perder con Venezuela era lo peor que podía pasar, y no pasó. Y menos mal. Podría haber sido la chilenada más grande del planeta. Perder con Brasil era más esperado, y casi no pasa. El empate de Suazo parecía que iba a darnos la alegría “mais grande do mundo”, y no pasó.
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Hay males que duran toda la vida. Pero estuvimos a nada, a milímetros, de eliminar todo tipo de orden y progreso posible. La bandera y sus eslóganes su hubieran retorcido en su absurdo como Elvis en su tumba. Pero bueno, la vida es tan injusta como el futbol brasileño.
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Antes del partido, chilenos y no chilenos, mantenían intacta esa esperanza de derrotar a los dueños del triunfo y demostrara que la alegría no es sólo brasilera. Una esperanza no infundada. Infundada es la fe. Pero ganar en Salvador de Bahía no era un acto de fe, era un acto de fútbol. La fe depende de dios, y esta roja depende de sí misma. Y, la verdad, depender de uno mismo, tachando la fe de las variables en juego es algo que hay que destacar y que ha hecho que, increíblemente, Chile haya conseguido uno de seis puntos y no esté todo el país y todos los noticieros haciendo mierda al equipo.
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Este equipo está malacostumbrando a la prensa y a los hinchas a no buscar siempre lo malo, a no ser agrandados y apocados, arribistas y abajistas, chaqueteros, exitistas y resultadistas. Hay algo más en al vida que esas conductas veletas, que cambian de dirección como las banderas con el viento. Esta roja tiene futbol y personalidad, y lo tiene en la victoria y en la derrota.
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Ojos Rojos Chile v/s Venezuela
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El poder andino quería vencer al poder africano, el metro setenta superando al metro noventa, hasta que… hasta que dos horas antes del partido toda la alegría verde amerela comenzara a caer del cielo en forma de aguacero. Las nubes no se veían en la oscura noche, mais tampoco las estrellas. La lluvia podía no parar, y no paró.
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Primero fue intermitente, nubes que, disimuladas en el negro techo de Bahía venían como espectadoras, y venían bien cargadas. Del cielo nacía el aguacero y de la tierra la zamba, y en el medio, en el verde campo de juego, se juntaban todas las fuerzas y hacían extramundano todo lo terrenal. Porque al fin y al cabo, todo lo que sucede, sucede en la cancha de futbol. Lo demás es sólo relleno.
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Cuando comenzó  el aguacero, sin avisar, de un segundo a otro, inmediatamente nos imaginamos la pichanga se avecinaba, se nos venía el desastre. Nos imaginábamos a los brasileros haciendo maravillas bajo el agua. Un ejército de Romarios frente a un devenir floreado. Si in the rain. Calculando todo para que fuera más lindo aun de lo que sería seco. Barriéndose desde lejos, deslizándose como pez de agua salada. Y a los chilenos, sufriendo por controlar cada balón, chapoteando en cada metro movimiento, ahogándose en un baso de agua. Pero no fue así. Ninguna imaginación es triste cuando uno no es ratón, y la roja no lo es. Porque como dicen por ahí, más vale morir de pie que vivir arrodillado.

Nota Roja; "Ojos Rojos" en Paraguay.

9 de Junio de 2009
Lo primero que hace un chileno cuando llega a Asunción es sentirse millonario, además de enfermo. Millonario porque al pasar por la casa de cambio y darle 200 dólares por la ventanilla al cajero, la devolución por su parte es de algo así como 500.000 guaraníes. Si señores, quinientos mil. En el momento que me los pasó no pude dejar de sentir un inmenso poder y agradecerle por haberme dado tantos… ¿tantos que?, así que le pregunté, “¿señor, cómo se llaman estos?”, “guaraníes”, respondió él. Así que Ojos Rojos tenía dos días para derrochar ceros, hasta que, como era de esperarse, la decepción y la realidad se hacen patentes cuando nos dicen que el taxi al centro cuesta 90.000 de esos.


Además de millonarios nos sentimos algo enfermos cuando vimos que en el aeropuerto todos los habitantes locales tenían esas cosas blancas tan de moda que sirven para taparse la boca y no contagiarse enfermedades que, la verdad, son igual o menos peligrosas que todas las fiebres que aparecen en todas nuestras ciudades sudamericanas cada vez que llega el invierno. Pero bueno, si los paraguayos aun no tienen casos del Síndrome de Porky, se entiende que no quieran que una manga de chilenos se las contagie. Nos hicieron sentir un poco enfermos, pero hay que decir que son muy buena gente, que son un pueblo muy amable, un país muy acogedor.
Al final, y menos mal, lo que les llevamos no fue fiebre, si no fútbol. O mejor dicho, la fiebre del fútbol. Y así, gracias a la pelotita hemos podido estar ahí, en Asunción, y conocer a nuestros vecinos, de los cuales siempre estaremos agradecidos por lo bien que nos trataron.
El equipo de Ojos Rojos se alojó en la casa del Pelao y Natu, él, un amigo chileno, anarquista que se autoexilia a Paraguay porque sí, porque le da la gana, ella, Natu, paraguaya y feminista, más de lo segundo que de lo primero. Nos quedamos en su casa que, además de casa es una biblioteca abierta a la ciudadanía entera, porque, aunque suene raro, en este mundo hay más que fútbol. Se trata de la “Comuna Emma Chana y todas la demás”. Vamos a abstenernos de darles la dirección de la Comuna, simplemente por si algún lector es antianarquista o antifeminista y se le ocurre ir ahí a irrumpir la paz.



Posiblemente, si Ojos Rojos tuviera la plata suficiente, y tuviera en dólares la misma cantidad de ceros que en guaraníes, hubiéramos ido a un Hotel, tal vez al mismo que la Selección, hubiéramos comido mucho y sin parar, y hubiéramos usufructuado del Juanito Caminante, Etiqueta Roja, obviamente. Pero no. Ojos Rojos requiere todo nuestro esfuerzo, tiempo y dinero, y eso se torna a veces realmente bueno porque, como dicen por ahí, no hay mal que por bien no venga, y siendo lo que somos hemos logrado conocer cosas en todos los países que los dólares no nos hubieran mostrado. Es decir, que con Master Card no podríamos haber estado con el Pelao y la Natu, ni haber dormido placidamente en esos colchones desplegados por el suelo de la sala de lectura.

Esta ha sido por ahora la crónica paraguaya, de fútbol hay poco que decir porque la roja sigue repitiendo el buen juego al que ya comenzamos a acostumbrarnos; el placer de jugar bien se disfruta a cada momento y nosotros recreamos a cada momento los movimientos de Alexis. ¡Agarráte Messi! La extrañeza de ganar nos confunde en silencio y la esperanza se mantiene intacta.


Ahora solo falta disfrutarlo y ser, ante todo, humildes y mesurados, porque de lo contrario, todos los que ahora hablan bien de La Roja, a la primera que jueguen mal dirán lo contrario, y lo que ahora es positivo, será, como siempre, convertido en una crítica destructiva, y seguiremos reproduciendo la lógica del amor/odio que está siempre, pero siempre, muy alejada de la realidad.

Eso por ahora, es un placer poder seguir acompañándolos. Esperamos poder cambiar de continente.

Hasta la victoria siempre.

Sebastían Kohan.