
Nota Roja; El Aguacero del Suspenso
NOTA ROJA: EL AGUACERO DEL SUSPENSO
Si ya lo que se estaba a punto de conseguir era una gran hazaña, cada cosa que pasaba bajo el agua se transformaba en un acto heroico. Si ya el fuchibol que propone la roja es un juego de toque, de presión, de cálculo, de control, de tiempo y el espacio, cada movimiento que había que realizar bajo el agua, bajo las gotas divinas de la adversidad, implicaba un alto grado de dificultad. Brasileros y venezolanos, seres acostumbrados a moverse sobre mojado, a calcular la incertidumbre sobre cada unos de los charcos, amigos tropicales que agua que torna resbaloso hasta el más mínimo de los gestos.
El agua hizo de cada toque, un toque épico, de cada balón robado una recuperación popular, de cada gol una teletransportación a otro continente, de cada error una bofetada de realidad.
En ambos partidos estuvimos abajo en el marcador. Perder con Venezuela era lo peor que podía pasar, y no pasó. Y menos mal. Podría haber sido la chilenada más grande del planeta. Perder con Brasil era más esperado, y casi no pasa. El empate de Suazo parecía que iba a darnos la alegría “mais grande do mundo”, y no pasó. Hay males que duran toda la vida. Pero estuvimos a nada, a milímetros, de eliminar todo tipo de orden y progreso posible. La bandera y sus eslóganes su hubieran retorcido en su absurdo como Elvis en su tumba. Pero bueno, la vida es tan injusta como el futbol brasileño.
Antes del partido, chilenos y no chilenos, mantenían intacta esa esperanza de derrotar a los dueños del triunfo y demostrara que la alegría no es sólo brasilera. Una esperanza no infundada. Infundada es la fe. Pero ganar en Salvador de Bahía no era un acto de fe, era un acto de fútbol. La fe depende de dios, y esta roja depende de sí misma. Y, la verdad, depender uno mismo, tachando la fe de las variables en juego es algo que hay que destacar y que ha hecho que, increíblemente, Chile haya conseguido uno de seis puntos y no esté todo el país y todos los noticieros haciendo mierda al equipo. Este equipo está malacostumbrando a la prensa y a los hinchas a no buscar siempre lo malo, a no ser agrandados y apocados, arribistas y abajistas, chaqueteros, exitistas y resultadistas. Hay algo más en al vida que esas conductas veletas, que cambian de dirección como las banderas con el viento. Esta roja tiene futbol y personalidad, y lo tiene en la victoria y en la derrota.
El poder andino quería vencer al poder africano, el metro setenta superando al metro noventa, hasta que… hasta que dos horas antes del partido toda la alegría verde amerela comenzara a caer del cielo en forma de aguacero. Las nubes no se veían en la oscura noche, mais tampoco las estrellas. La lluvia podía no parar, y no paró. Primero fue intermitente, nubes que, disimuladas en el negro techo de Bahía venían como espectadoras, y venían bien cargadas. Del cielo nacía el aguacero y de la tierra la zamba, y en el medio, en el verde campo de juego, se juntaban todas las fuerzas y hacían extramundano todo lo terrenal. Porque al fin y al cabo, todo lo que sucede, sucede en la cancha de futbol. Lo demás es sólo relleno.
Cuando comenzó el aguacero, sin avisar, de un segundo a otro, inmediatamente nos imaginamos la pichanga se avecinaba, se nos venía el desastre. Nos imaginábamos a los brasileros haciendo maravillas bajo el agua. Un ejército de Romarios frente a un devenir floreado. Si in the rain. Calculando todo para que fuera más lindo aun de lo que sería seco. Barriéndose desde lejos, deslizándose como pez de agua salada. Y a los chilenos, sufriendo por controlar cada balón, chapoteando en cada metro movimiento, ahogándose en un baso de agua. Pero no fue así. Ninguna imaginación es triste cuando uno no es ratón, y la roja no lo es. Porque como dicen por ahí, más vale morir de pie que vivir arrodillado.
o
Por Sebastían Kohan.
°r
Si ya lo que se estaba a punto de conseguir era una gran hazaña, cada cosa que pasaba bajo el agua se transformaba en un acto heroico. Si ya el fuchibol que propone la roja es un juego de toque, de presión, de cálculo, de control, de tiempo y el espacio, cada movimiento que había que realizar bajo el agua, bajo las gotas divinas de la adversidad, implicaba un alto grado de dificultad. Brasileros y venezolanos, seres acostumbrados a moverse sobre mojado, a calcular la incertidumbre sobre cada unos de los charcos, amigos tropicales que agua que torna resbaloso hasta el más mínimo de los gestos.
O
O
El agua hizo de cada toque, un toque épico, de cada balón robado una recuperación popular, de cada gol una teletransportación a otro continente, de cada error una bofetada de realidad.
O
En ambos partidos estuvimos abajo en el marcador. Perder con Venezuela era lo peor que podía pasar, y no pasó. Y menos mal. Podría haber sido la chilenada más grande del planeta. Perder con Brasil era más esperado, y casi no pasa. El empate de Suazo parecía que iba a darnos la alegría “mais grande do mundo”, y no pasó.
O
Hay males que duran toda la vida. Pero estuvimos a nada, a milímetros, de eliminar todo tipo de orden y progreso posible. La bandera y sus eslóganes su hubieran retorcido en su absurdo como Elvis en su tumba. Pero bueno, la vida es tan injusta como el futbol brasileño.
O
Antes del partido, chilenos y no chilenos, mantenían intacta esa esperanza de derrotar a los dueños del triunfo y demostrara que la alegría no es sólo brasilera. Una esperanza no infundada. Infundada es la fe. Pero ganar en Salvador de Bahía no era un acto de fe, era un acto de fútbol. La fe depende de dios, y esta roja depende de sí misma. Y, la verdad, depender de uno mismo, tachando la fe de las variables en juego es algo que hay que destacar y que ha hecho que, increíblemente, Chile haya conseguido uno de seis puntos y no esté todo el país y todos los noticieros haciendo mierda al equipo.
o
Este equipo está malacostumbrando a la prensa y a los hinchas a no buscar siempre lo malo, a no ser agrandados y apocados, arribistas y abajistas, chaqueteros, exitistas y resultadistas. Hay algo más en al vida que esas conductas veletas, que cambian de dirección como las banderas con el viento. Esta roja tiene futbol y personalidad, y lo tiene en la victoria y en la derrota.
o
o
El poder andino quería vencer al poder africano, el metro setenta superando al metro noventa, hasta que… hasta que dos horas antes del partido toda la alegría verde amerela comenzara a caer del cielo en forma de aguacero. Las nubes no se veían en la oscura noche, mais tampoco las estrellas. La lluvia podía no parar, y no paró.
o
Primero fue intermitente, nubes que, disimuladas en el negro techo de Bahía venían como espectadoras, y venían bien cargadas. Del cielo nacía el aguacero y de la tierra la zamba, y en el medio, en el verde campo de juego, se juntaban todas las fuerzas y hacían extramundano todo lo terrenal. Porque al fin y al cabo, todo lo que sucede, sucede en la cancha de futbol. Lo demás es sólo relleno.
o
Cuando comenzó el aguacero, sin avisar, de un segundo a otro, inmediatamente nos imaginamos la pichanga se avecinaba, se nos venía el desastre. Nos imaginábamos a los brasileros haciendo maravillas bajo el agua. Un ejército de Romarios frente a un devenir floreado. Si in the rain. Calculando todo para que fuera más lindo aun de lo que sería seco. Barriéndose desde lejos, deslizándose como pez de agua salada. Y a los chilenos, sufriendo por controlar cada balón, chapoteando en cada metro movimiento, ahogándose en un baso de agua. Pero no fue así. Ninguna imaginación es triste cuando uno no es ratón, y la roja no lo es. Porque como dicen por ahí, más vale morir de pie que vivir arrodillado.